NUNCA

Nunca.

Se dijo a sí misma, mientras observaba silenciosa las manecillas del reloj moverse.

Nunca nada volverá a ser, ni el tiempo volverá a ganar en partida los últimos días y años robados, ni se perderán en silentes lamentos los acordes del pasado.

Nunca, en lo eterno seguirán grabadas aquellas doctrinas que en sueños aprisionan, ni siquiera podrá nadie impedir que las tres musas oren sobre los evangelios de la vida.

Nunca, el elixir del manantial estará lo suficientemente envenenado para no ser tomado del cáliz de los sermones, ni el festín de murmullos que asedia logrará nunca paralizar lo ya escrito.

Nunca, el narrador impedirá que las lecturas se conviertan en versos, ni se darán tan hostiles sentimientos en los arrecifes.

Nunca, los caminos serán tan sensibles para no ser llorados en libertad, ni los Dioses serán abandonados por lo mundano.

Nunca nada será tan fácil de pronunciar, ni el amor sentido a ciegas tan colosal.

Nunca.

Volvió a repetirse, mientras seguía mirando las manecillas del reloj moverse.